Primer Domingo de Adviento. Ciclo “A”

Primer Domingo de Adviento

Ciclo “A”

Lecturas

Isaías 2, 1 – 5                 De Sion saldrá la ley, de Jerusalén, la palabra del Señor

Salmo 121                        Vayamos con alegría al encuentro del Señor

Romanos 13, 11 – 14     Nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer.

Mateo 24, 37 – 44          Velen y estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre

¡Feliz año Nuevo!

Iniciamos hoy, un nuevo año litúrgico. Empezamos el Ciclo “A”, con el tiempo de Adviento. Adviento significa “lo que viene”. ¿Y quién Viene? El Redentor, el Mesías, Jesucristo el Señor.

Durante este tiempo veremos los signos propios. El color morado, que nos recuerda la sobriedad, la espera. La Corona de Adviento, sin flores, circular, con ramas de pino. Eso nos recuerda la vida eterna. Las cuatro velas, que se irán encendiendo una por cada semana, nos recordarán que debemos estar en vigilia, en espera. Sobre todo a estar atentos a la Palabra de Dios. En este tiempo no cantaremos el “Gloria”, sino hasta la Natividad, para mantener la sintonía de espera y penitencia, aunque no como en Cuaresma, por eso se mantiene el canto del Aleluya. Todavía no es navidad, sino la preparación espiritual para la Natividad del Señor. Este tiempo nos presenta unos personajes: Isaías, Juan Bautista, María y José.

Las fiestas más importantes de la Iglesia tienen una preparación, que se da antes, como Cuaresma y Adviento. Luego viene la celebración propia, la solemnidad, que incluye una OCTAVA. Que es la celebración extendida por ocho días, y luego el tiempo propio de esta fiesta. Como sucede con Navidad que llega hasta la Epifanía y el Bautismo del Señor, y la Pascua, que llega hasta pentecostés.

Esto nos dice una cosa muy importante. La fiesta central de la Iglesia es la Pascua. Que se prepara con cuarenta días y se sigue con cincuenta. La natividad es importante, pero no como la Pascua. Por ello, no debemos olvidar que el centro de la vida cristiana está en el Misterio Pascual, que celebramos en cada Eucaristía. La Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús es el hilo conductor de todo el ciclo litúrgico. Pero este acontecimiento salvífico adquiere un sentido esperanzador y lleno de ternura con la encarnación del Hijo de Dios. Por eso hemos de prepararnos adecuadamente para celebrar y vivir de una mejor manera el recuerdo de este acontecimiento. La Encarnación del Verbo no es solamente lo acontecido en La Anunciación a María, ni en la Natividad, ni en la Presentación del niño, ni cuando se pierde en el Templo… la encarnación es toda la vida de Jesús, desde su concepción hasta su muerte en cruz.

Bien, después de esta corta introducción al Tiempo de Adviento, pasemos a discernir lo que el Señor nos pide en la liturgia hoy.

Hemos escuchado un texto hermoso del libro del Profeta Isaías. Un mensaje de esperanza cuando todo parece haber acabado. Frente al fracaso político y temporal, hemos de recordar que nuestra patria es el cielo. Eso no significa que no nos preocupemos de las cosas de aquí abajo. Al contrario, hemos de seguir trabajando con una espera activa, para hacer que ese reino definitivo llegue.

La esperanza del pueblo en el exilio era volver a Jerusalén, volver al Templo, volver a ofrecer sacrificios. Sin embargo, el profeta no se queda en un volver a lo mismo, sino que nos lleva a un encuentro escatológico, es decir, que va más allá de la historia, que nos acerca hacia el fin que se encuentra en Dios. El reino de Dios es un reino de paz, que nace de la justicia. Nada mejor que vivir bajo la soberanía de Dios, a quien hemos proclamado rey hace una semana, y le volveremos a proclamar dentro de un año.

Estos primeros dos domingos de adviento, estaremos reflexionando acerca de la segunda venida de Cristo. No sabemos ni el día ni la hora, por eso hemos de estar preparados. Nada de leer literalmente los pasajes del apocalipsis ni hacer interpretaciones fantasiosas. La Iglesia siempre espera, espera  y clama: Ven, Señor Jesús. Lo hacemos en cada Eucaristía, y en particular en este tiempo. Porque sabemos que nuestra vida, la Iglesia y el Universo todo está en las manos de Dios. Que a pesar de las luchas y sufrimientos cotidianos, nada se comparar con estar en presencia del rey eterno. Velen, estén despiertos, es la exhortación que nos deja Jesús en el evangelio.

Aquí se comprenden mejor las palabras del apóstol Pablo, pues es hora de que despertemos (palabra que se usa para describir la resurrección). Es hora de que resucitemos. Nos hemos acomodado a la rutina espiritual, al desorden social y económico. Dejamos que el mercado dirija nuestra vida, nos dejamos dominar por los medios de comunicación y las redes sociales. Pero nos hemos olvidado de trabajar por la instauración del Reino de Dios. Reino de solidaridad, justicia, paz, verdad, santidad y vida.

En tiempos de Pablo, como en nuestro tiempo, hay algunos que dicen que el Señor no vendrá, o como que se le olvidó, y por eso se dedican a una vida desordenada, aprovechando cualquier ocasión para borracheras, pleitos y envidias. Pero no, no son esas las actitudes de una Iglesia expectante, que espera activamente el retorno de su salvador. Por tanto, revistámonos de las obras de la luz, revistámonos de Jesús. Dejemos las rivalidades e hipocresías y preparémonos para celebrar una verdadera natividad del Señor.

Preparemos el pesebre de nuestro salvador, que viene a lo humilde y pobre, a lo sencillo. Dejemos las vanidades y superficialidades de este mundo que pasa y trabajemos por los valores que el mismo Cristo nos vino a enseñar. Seamos solidarios, humildes, afables, alegres. Compartamos con alegría lo poco que tenemos, hagamos el bien. Salgamos al encuentro del que nos necesita. Ahí está Jesús, en el pobre y necesitado, en el enfermo, en el olvidado. Seamos sembradores de esperanza en este tiempo donde la vida no se valora. Trabajemos para que nuestra predicación sea creíble por las obras que realizamos. Para que haya paz verdadera en todos los rincones de la tierra. Para que encontremos a Jesús en cada rostro sufriente y lo podamos abrazar, diciéndole, yo estoy contigo. Preparémonos para la venida del Señor, con obras de amor y misericordia, porque él nos amó primero y ha sido misericordioso con nosotros.

Si hacemos esto, no hay nada que temer. Vayamos con alegría al encuentro del Señor.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

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