El frío del alma

Con la Luna nueva, oculta en el inmenso azul profundo, 
los gélidos vientos enfrían los cuerpos desnudos de las aceras.
Se enfrían las puertas, las bancas y las alamedas, 
mas el corazón humano calienta, con la sangre, las venas. 

La bulliciosa ciudad enmudece cuando del norte llega el olor 
                                                 de los cripreces.
Se azotan las ramas y las copas llenas de rocío se tambalean. 
Los techos y ventanas recogen el aliento del sereno en la montaña
y las heladas cobijas los cuerpos apenas calientan. 

Un poco de calor de hogar buscan los viajeros
que de tierras lejanas llegan como forasteros.
Las puertas heladas,  los corazones muertos, 
es lo que encuentran aquellos a quienes llamamos "extranjeros". 

Del caluroso desierto han salido llenos de miedo
de morir bajo las bombas y el acero, 
pero mueren olvidados y de frío llenos
la madre y el hijo que llegaron en invierno. 

Es fría la noche, frío el pasillo, frío el suelo
donde dormitan nacional y extranjero. 
Pero el corazón humano todavía calienta
el frío cuerpo que amó primero. 

Que el crudo invierno que hela los cuerpos 
no congele tu corazón apasionado
que de humanizar y amar está desgastado
en un mundo donde impera la muerte.

El frío del alma es algo más triste que la nieve
cuando de repente y sin abrigo nos sorprende. 
Para el frío exterior tenemos la cura, 
mas no para el alma que de amar no entiende.
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