Los militares en la U: La masacre de la UCA 1989

¿Qué hacen los uniformados entrando al Campus?
Estaba muy oscuro, las tinieblas abrazaban con frío
de muerte los silenciosos pasillos. Y entran:
los escuadrones de la muerte buscado "insurgentes"
(Ni ellos se lo creen). 

Quizá se interesaban por saber, 
si es que en sus cuerpos militares hay 
cerebro y corazón, o es veneno o es perdición.
Pero son zombis, no piensan, entonces ¿a qué van? 

Será que existe en realidad la "inteligencia militar", 
Será posible construir la verdadera paz 
con el arte de la guerra o con la injusticia social.
Pero no preguntan nada, solo cargan con odio sus metrallas.  

O será que quieren demostrar los mal lustrados
que "guerra" es sinónimo de "paz", 
que la bota va sobre el cráneo,
y que es prohibido preguntar.

Pero todos sabemos lo que saben:
Lo que saben es matar. 
Matar al que pregunta 
por las causas de la pobreza, 
por las causas del mal. 
Matar al que canta 
su amor a la paz. 

Estaban los seis viejitos en su casa de la U. 
Eran intelectuales, con pluma en mano, 
con la biblia, con el diario y el habano. 
Eran seis viejitos ¿No lo sabes tú?

A matarlos llegaron, 
los militares sin alma. 
Ellos no tenían armas, 
no tenían fuerzas, 
simplemente su palabra, 
su pregunta, su esperanza. 
Llegaron los soldados, 
y la pluma no soportó la espada. 

Uno a uno fueron cayendo
los Gigantes de la U: 
uno al lado del otro, 
los viejitos que daban luz. 
¡Que no quede ni uno! 
aullaban los perros, 
y los gigantes inmortales 
su sangre derramaron a manantiales. 

Compartieron la ignominiosa suerte
dos grandes mujeres, mujeres fuertes. 
Elba y Celina, que ayudaban en la cocina.
Abrazadas, clamaron, en angustiosa muerte.  

Investigación piden los culpables, 
justicia clama la sangre. 
Que se acaben las matanzas, los criminales, 
que dejan al pueblo muerto de hambre. 

Comenzaron con uno al que llamaron Grande, 
Rutilio era su nombre, inolvidable.
Le siguieron muchos otros, y entre estos,
un gigante: Monseñor le decían, 
pero se llamaba Arnulfo Romero.
Eso fue solamente el principio 
que de muerte y desolación
trajo el gran conflicto 
entre la ARENA y la insurrección. 

Como la pluma vencía a la espada,
buscaron la mejor escusa: "perseguir camaradas". 
Mata el cerebro, mata al pensante, 
que el pueblo sufra, que se muera de hambre. 

Ese que mucho grita, ese que mucho clama: 
ciérrenle la boca, déjenlo sin habla. 
Y era Ellacuría, el hombre que clamaba. 
Pedía justicia, pedía esperanza. 
Pero la paz nunca llegaba. 
Solo armas, los gringos mandaban. 

"Hicimos patria" gritan los absurdos asesinos: 
mataron a mansalva: 
curas, monjas, catequistas
y celebradores de la palabra. 

Su sangre hoy sigue clamando al cielo. 
Justicia! grita el pueblo. 

Ignacio Ellacuría, 
Ignacio Martín Baró, 
Segundo Montes, 
Juan Ramón Moreno, 
Amando López, 
Joaquín López y López, 
Celina Ramos, 
Elba Ramos.


 

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