Un cuento en Atlanta pero que en verdad era Venezuela, o Palestina.

Esta es la breve historia de un niño que lloraba y lloraba, y mientras más lloraba más pajarillos trinaban en sus oídos y así feliz concluía la noche. Sabía que los pajaritos y sus trinos lo querían.

Un día ese niño que lloraba se quedó sólo en un rincón, su nombre era Fernando. Lloraba y lloraba y los pajaritos más cantaban. Eran azules los pajaritos. Y así concluía cada noche. Y cuentan que le pegaba a las niñas…

Otro día el niño fue a la llamada Venecia Chica, quería jugar sus propios juegos y poner sus propias reglas, pero la mayoría de niños no quisieron jugar con él, pues vieron en él la maldad. Se enfureció mucho, rechinó los dientes, porque le dieron poco caso. Y el mango que le gustaba verde se lo dieron  maduro, pero era rojo. No le pareció y lloraba y lloraba y más los pajaritos cantaban y trinaban.

Se calló al final el niño, cuando su tío Samuel le dio golpes a los niños de la antigua villa romana. ¿Por qué los golpeará?- se preguntaba. Pero temiendo que lo lastimaran igual, guardó silencio. Se mostraba asustado, pero en el fondo disfrutaba del dolor ajeno.

¿Qué será ahora de aquel niño llorón? Creyó que llegaría la liberación a cuenta de tanto llanto. Ocupar, quiso, el lugar de los hombres de verdad. Lloraba, y lloraba tanto, y tan mal, que quedó sin sentido. Pero cuando necesitó los pulmones para llorar y gritar, estaba tan contento con el trinar de los pajaritos que pronto se olvidó de los niños golpeados por el tío Samuel.

Lo recuerdan mucho allá en la Venecia Chica, lo extrañan allá en la romana provincia. Pero se fue con los pajaritos azules a liberar otro pueblo. Se fue creyendo que la libertad de los pájaros es igual a la de los hombres libres. Se perdió entre las avecillas azules, trinaba, callaba, pero  de los niños que en verdad sufren, de esos se olvidaba.

Y murió engañado el niño que se creyó pájaro. Quedó cautivo en la jaula de oro, y no trinó como ave libre, sino que repetía las groserías de su tío Sam, como cotorra parlanchina. Ya no se sabe si era niño, o era ave. De él solo se recuerda su silencio, que por omisión es cómplice del mal.

 

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