Los errantes caminantes y la casa que sueña

Vagan los errantes caminantes de arriba para abajo buscado el pan que sabe a sudor y castigo, pan tostado por el sol cautivo en el infinito azul cielo. Se pierde la ama de casa en los quehaceres de la vida, la comida, la escoba, la plancha y el lavandero. Cuando el dinero no ajusta ora y da gracias por el pan que aún no llega. Lloran los niños hambrientos, desnutridos y barrigones, no de grasa, mucho menos de comida chatarra. Son barrigones de lombrices, pero felices en sus champas. Cae la triste lluvia sobre los techos de nylon, corre el agua por debajo de la cama y de la mesa, arrastra los caites y se lleva la cena, que no ha llegado todavía.

Sueña la familia con momento de paz, con pan suficiente para todos, un poco de frijoles y quizá un poco de arroz. Se lamenta la abuela de sus dolores de huesos, se lamenta pues ya no puede ir a traer leña, porque ya no hay bosque, porque ya no hay fuerzas, y tiene frío, y tiene hambre, pero tiene su cobija que bordó cuando aún caminaba en las veredas. Pasan las noches frías y los días llenos de olvido, pasa la vida en silencio y el radio transistor narra el partido. Cuando empezó la lluvia la selección del país iba perdiendo 5 a 3 pero ya no supimos cómo quedó, pues la batería se agotó. Ojalá hayan ganado, o por lo menos empatado.

Llegan los hombres errantes ya si yerro a su champa, con el pan tostado por el sol castigador, pero lo traen mojado, será por el sudor, o por la lluvia, no importa. Todos sonríen de alegría pues algo sabroso pasará por sus bocas salivosas, que no aguantan a morder ese mendrugo. No sacaron los platos pues no los tienen todavía, cada uno extiende su mano y la madre poco a poco reparte la comida. Sonríe la abuela, aunque ya no tiene dientes, el último se le cayó en el último verano, cuando comía un pedazo de chicharrón duro como chancleta. El niño pregunta: dónde lo compraste, padre, este pan está rico. Si supiera el niño que no era comprado ese pan, sino que era arrancado de la espalda del jornalero que tenía como progenitor. Era un pan de carne, pues con mucho sacrificio lo había obtenido. -Lo compré en la tienda de doña Juana, me lo dio a mitad de precio, pues era el último-. Para qué decir que era un pan relleno, quizá de gorgojos o de hormigas, pero creo que en realidad estaba lleno de amor.

 Fue cesando la lluvia como a la media noche, ya dormían todos en el camastro que habían recogido en la esquina de donde don Pedro, pues, como cambió su cama, ya no ocuparía el catre viejo. Bueno, el jornalero dormía y roncaba, cansado de tanto sufrimiento, la abuela soñaba cosas del pasado y a veces tocía, el niño se lamía los labios, como si siguiera comiendo y la madre, esa no dormía, pues ya estaba pensando en lo que le esperaba… No había leña, no había maíz, no había dinero.

 La noche se fue poniendo cada vez más oscura, más llena de estrellas, a veces la luna pero siempre nubes negras, pero en aquella covacha se tejían los sueños de un mañana distinto y de un futuro bueno. Soñaban con un poco de frijoles revueltos con un poco de arroz, soñaban con tener leña en el fogón y ver, como en otro tiempo, el alegre fuego y encima el perol. Soñaban con pan o con tortillas, un poco de sal, tal vez un tuco de cuajada, tal vez, si seguimos soñando un día tengamos un pedazo de carne, de esa que comen los patrones, que la asan en brazas y huele tan rico que de solo pensar en eso, resuenan las tripas de la familia del barranco.

Cantan los gallos, el sol asoma por las rendijas del bosque y entra entero en la casa. Seca el lodo y llena de esperanza. Salen los errantes caminantes en busca del pan de cada día. Ojalá el patrón les pague, ojalá le alcance para la comida. Se pierden las mujeres de la casa en los quehaceres de su rancho, ya no hay plancha, ya no hay comida, ya no hay ropa que lavar, simplemente cuidar a la abuela, contentar al chigüín, arreglar el techo, sacudir el catre, y se queda, contemplando la estampita de la virgen que le dejó el misionero hace ocho años, y se pregunta, ¿tendremos hoy para comer? y ora, luego llora, luego se secas sus amargas lágrimas y continúa en su laberinto cotidiano. Vigila a la abuela, contenta al chigüín, va en busca de agua… y vuelve contenta, llena de amor e ilusión, pues Quincho, el de don Lupe, le regaló un pescadito pa’que coma con su familia. Y pensó, ojalá mi amor consiga tortillas para hoy. Voy a ir a buscar unos limones y prepararé un fresquito y prepararé el pescadito…

Esa covachita pobre sueña amores, sueña comidas, y los errantes labradores sueñan cada día con el pan de ayer que no les dieron y se comen el pan de mañana que aún no llega. Y las mujeres en la casa tejen los sueños y despiertas suspiran y ven en sus hijos la esperanza de un futuro mejor.

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