La anciana del bosque

La anciana estaba encorvada
con sus cuatro mil arrugas
en el rostro y su sonrisa callada
más franca y limpia que nunca. 

Sus ojos tiernos, serenos, color miel,
transparencia del alma,
quedaban fijos viendo por la ventana
el bosque que murmura sus sueños. 

Su cabello color ceniza
desde hace tiempo olvidó el negro color,
su forma, su peineta,
pero ahí estaba fiel, custodiando el oído. 

Su olor particular de anciana,
los pollitos piando a sus pies,
un perro dormía bajo su cama,
y todo era paz y sonrisas. 

Sus recuerdos color de oro,
su voz tibia, pausada, profunda,
dejaba a los oyentes
curiosidad, asombro, envidia.

Como de tresientos años parecía
con historias más antiguas que Roma,
con más detalles que una iglesia barroca,
con más suspiros que una enamorada.

Uno a uno fue recordando
los antiguos amigos que se marcharon.
Se lamentó por cada uno
y sonrió como si con ellos platicara.

Y allá se queda la anciana
en medio de la montaña
y de la nada, esperando
el final de la ancestral historia de su vida.

Vuelve a su cama la anciana,
sacude las cobijas, quita las pulgas,
y una gallina cacarea por el huevo,
y el viento se lleva el llanto.

Ahí está la anciana encorvada,
con sus cuatro mil arrugas
en el rostro y su sonrisa ahora calla,
y duerme la anciana más tranquila que nunca.
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