Nuestras palabras y la realidad

Podemos diferenciar las palabras de las cosas que se nombran a través de éstas. Por ejemplo decir “silla” que tener una “silla” y sentarnos. Nuestras palabras se refieren a cosas, hechos y relaciones. Pero ¿cómo saber que estamos captando el mensaje?

Nuestro cuerpo también habla. Podemos sonreír y estar tristes, llorar de alegría, decir te felicito con una cara de cobrador, decir “no me gustas” con la saliva corriendo por nuestros labios… a veces nuestro cuerpo es más sincero que nuestra boca, y por más que digamos “estoy bien”, él se encargará de demostrar lo contrario. Pero ¿cómo saber que lo interpretamos bien?

Nuestro silencio dice más que nuestras palabras. Nuestra sonrisa a carcajadas puede ser la más falsa noción de alegría. El decir yo lo hago tirando la puerta no habla bien de nuestra disponibilidad. Entonces, ¿estamos mintiendo? No estamos diciendo lo que sentimos, ni lo que pensamos, ni lo que esperamos, estamos diciendo lo que nos conviene. Tal vez eso sea mejor, para evitar problemas. Podemos ignorar el origen de nuestros males, como quien no toma su medicina. No se muere de la enfermedad, se muere por gusto y por terquedad.

Tal vez sea más fácil escribir lo que pensamos que hablar. Tal vez porque no sabemos que piensa el que está leyendo, ni nos dice si no comprendió o es muy confuso aquél párrafo. A menos que nos encontremos con un “intento de editor” que quiere corregir todo, cambiando el sentido, mal interpretando, o simplemente poniendo lo que le agrada. O como sucede, te encuentras con alguien que se le ocurrió corregir la “carta de un amigo” que por sus limitaciones no ha logrado escribir mejor. Tal vez las palabras escritas tienen mayor fuerza o sentido porque las podemos leer, releer y re-contra-leer para poderlas comprender. No sucede así con el lenguaje hablado y escuchado.

Nuestras palabras dichas al aire pueden herir mucho. Si bien logramos distinguir las cosas de las palabras que las nombran, no es agradable oír palabras cuya idea central es la ofensa a nuestra persona. Pero así nos tratamos, a veces bien, a veces mal, a veces ni nos damos cuenta de lo que decimos. Nos adelantamos a lo que el otro o la otra está diciendo. Más que un diálogo es un monólogo en el que me escucho, me escuchas, te digo y me oyes… El otro nos sirve como espejo. Solo refleja lo que le ponemos. No hay opción de oposición. Y ese modo de hablar también hiere.

Nuestras palabras a veces son mal interpretadas. Una amiga suele decir: “no hay palabras mal dichas, sino palabras mal interpretadas”. Y es que ese rollo de la interpretación si que es un problema. Pues tenemos que confiar en nuestras capacidades hermenéuticas. Y el problema sigue ¿cómo sé que estoy interpretando bien?

A propósito de ¿quién soy? podemos agregar que “somos intérpretes”. Soy un intérprete de mí mismo y de mis relaciones con los demás. Trato de entender y comprender lo que soy y lo que hago. Será para saber que hice, será para hacerlo mejor. Es como la síntesis entre la teoría y la práctica.

Podría agregar un paso más en este quehacer interpretativo: como me veo frente a “x” o “y” cosa, y cómo veo esa cosa frente a mí. ¿Qué sería de mí sin eso, y qué sería de eso sin mí? Es como un ejercicio dialéctico en el cual nos vinculamos directamente.  Cuando interpretamos algo, ciertamente nos centramos en lo que leemos, vemos o escuchamos. Pero nuestra interpretación irá marcada por nuestro modo de ser y de estar en el mundo.

Por ejemplo: Si soy pescador, decir “mar”, tiene más significado que decir “montaña”. El campesino tendrá mayor gozo al escuchar llover sobre el suelo árido, que la sensación de la lluvia para un pescador en mar adentro. Son tres las cosas que entran el juego hasta ahora: El sujeto que interpreta, el objeto interpretado y la circunstancia en la que se está interpretando. Pues no es lo mismo gritar un “goooolllll” con el que nos llevamos la “Copa del Mundo” que un “auto-gooollll” con el que descendemos a segunda división.

Al fin y al cabo, no queda otra que correr el riesgo y tomarse en serio eso de “saber interpretar”. No sencillamente será decir lo que me parece. Será decir lo que es más próximo a la realidad que me parece, eso sí, con respeto y mucha discreción.

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