Esa voz que resuena en mi interior

Siempre nos volvemos a preguntar ¿quién soy? ¿cuándo me convertí en esto? y volvemos a empezar.

No dejo de admirarme por lo complejo que somos los seres humanos y nuestras interrelaciones. Nos preocupa, creo yo, saber quienes somos, pero más todavía saber quien cree la gente que somos, y no podemos olvidar que es lo que queremos que crean que somos. Complejo, ¿no?. Bien, así somos, a tres niveles de realidad del yo. Lo que creen que soy, lo que quiero que crean y lo que realmente soy. 

Los niveles de relaciones nos dirán cuan auténtico somos, es decir, cuántas personas saben quién soy realmente. Cuántas de esas que creen conocerme lo hacen en realidad y qué tanto de lo que doy a conocer es verdad. Así es, nuestras relaciones van demostrando lo que somos en el fondo, aunque no queramos. Podemos negar, olvidar, mentir, obviar, pero no podemos dejar de ser lo que somos en realidad. Por más que intentemos ser otros, siempre seremos nosotros mismos en el fondo. Unas veces respondiendo a las circunstancias, otras escapando de problemas, otras buscándolos… son tan variadas las situaciones en las que nos podemos encontrar que para cada una tendremos un modo de ser y de estar. Y no es que seamos diferentes en cada momento, pero sí tenemos variadas respuestas, incluso para un mismo hecho.

Somos lo que negamos ser, nuestra rebeldía va incluso en contradicción con nuestro discurso. Si me quejo con alguien porque es holgazán, trato de ser más holgazán que él. Si me molesto porque alguien es bueno en algo, trato de ser mejor que él. Irónico, somos lo que criticamos, lo que nos molesta, y más irónico es que no nos damos cuenta. O podemos actuar con una actitud superlativamente desproporcionada. Si alguien me dice que no puede nadar 3 metros, puedo esforzarme por nadar 1000 metros y demostrarle que ´si  se puede. Si me dicen que no puedo bailar me aseguraré ser el campeón de danza del país, por poner ejemplos.

Cuando empecé a escribir en este blog (porque me dijeron que my space iba a quedar cerrado si no lo actualizaba en WordPress) creí que escribiendo iría a algún lado. Empecé muy reaccionario o revolucionario. He ido “posteando”, criticando, meditando, proponiendo, reflexionando, inventando, creando… pero la pregunta siempre queda ¿Quién soy? Y ahora. ¿quién creo ser? ¿qué dice la gente que soy? ¿qué doy a conocer? Tal vez no sea el único de los miles y miles de bloggeros que hay en ciberespacio que se hace este tipo de preguntas. Tal vez no existan respuestas, pero bueno, entre la duda y lo desconocido no hay mucha distancia. ¿Certezas? Sería bueno encontrarlas. Pero qué puedo hacer con una certeza. “Dame un punto de apoyo y moveré el mundo” diría el viejo Arquímedes. Descartes se dio cuenta de que la primera certeza de su teoría era que “dudaba”. A veces necesitamos un solo ápice para tener mayor confianza. 

Y será que lo que necesitamos es más confianza en nosotros mismos. En lo que hacemos, decimos, comemos, en lo que buscamos. Mayor confianza en quien me escucha, en quien leo, en quien me “visita”, en quien me “sigue”.  Pero cuando todo esto parece negativo, (no en el sentido de malo, sino de ausente). Cuando no hay nadie que me escuche, que me lea, que me oiga, que me visite, o que me siga. Cuando siento desaparecer de la realidad pasando por uno más de la informe masa. Cuando me pierdo en cientos de kilobits, clickeando, viendo, etiquetando. Cuando sencillamente estoy solo. Cuando no hay nadie más que yo. Ni siquiera hay música ni televisión ni señal ni Internet… Es entonces cuando más necesito de la confianza en mí mismo. 

No se trata de vivir la soledad, sino de vivir y disfrutar la solitariedad. El saber estar solo consigo mismo. Un gran ejercicio de introspección para luego poder ir hacia fuera. Nuestros peores demonios están dentro. En lo que maquinamos, en lo que anhelamos, en lo que pensamos, en lo que necesitamos. Lo de afuera son solo circunstancias. El camino hacia adentro es el camino espiritual, camino de la razón y del corazón. Con una mejor apreciación del Yo, de lo que soy y de lo que hago, lograré un mejor camino de interiorización. Más que hablar del Yo, deberíamos hablar de “consigo mismo”, pues siento que somos más en relación que seres aislados. El estar consigo mismo traerá muchos más frutos que el estar con el “yo”. 

Otra preocupación de cierto modo existencial, además del Yo (conmigo mismo), es el sentido por el cual soy, es decir, para qué o por qué estoy aquí. Cada uno ha de tener un motivo por el cual vivir, más allá del utilitarismo inhumano, cada quien ha de tener un propósito o sentido de vida. Algo por lo cual vive, lucha o incluso, algo por lo cual muere. No creo que nos quedemos en un “soy conmigo mismo para mí”. Debe haber algo hacia donde ir más allá de nosotros mismos. Más allá de nuestra sed de perfección y más allá de nuestros males. Algo que sencillamente esté más allá del bien y del mal. 

Pero tenemos miedo. Miedo a perder las certezas que tenemos, a quedarnos en la incertidumbre, en el abandono, en el Absoluto incomprensible, tememos a abandonarnos a lo desconocido. Por eso nos aferramos a los lineamientos morales que nos permiten sobrevivir. Pero qué hay más allá de la moral, más allá de la ética, más allá de las normas. ¿Libertad?, no, pues la libertad absoluta no es humana. Entonces, ¿qué es lo que está más allá del hombre? ¿más allá de nuestros conocimientos y nuestras ignorancias? ¿más allá de nuestras verdades y nuestras mentiras? ¿más allá de lo bueno y lo malo?…

Más allá que todo eso, solo puede estar Dios. Entonces, nuestro mayor miedo es abandonarnos en Dios. En dejarlo todo y seguirlo. Más allá de mí mismo está Dios. Más conmigo mismo que yo mismo, está Dios. Más profundo en mi alma, más que yo, está Dios. Y ahora… me asombro más. 

Pero ¿no estaré confundiendo a Dios con mi conciencia? Esa voz que parece dialogar consigo misma, que es parte de mi yo interior. Que nadie más puede oír ni imaginar. Alguien que solo yo sé. Bueno, mi conciencia no es Dios, de plano que no. Pero algo de Dios debe haber en la conciencia. Eso es más probable. En qué grado tienen relación, no lo sé, pero algo deben de tener, y espero no me engañen.

Es tan así que a veces la conciencia y el pensamiento (¿pueden ser dos cosas distintas?) no descansan.   Buscando soluciones, preocupándose, ocupándose, planeando, analizando, corrigiendo… una cosa es segura, que tanto el pensamiento y la conciencia no descansan. Incluso, podemos estar dormidos o no dormir por estar ocupados en algo, cuando algo nos atrapa y no nos deja tranquilos. 

Solo hay alguien más que sabe si me equivoqué, si mentí, si acerté… alguien más que yo, y esa es mi conciencia. Pero eso no sucede en el aire, sucede en el pensamiento o en la mente, a partir de cosas concretas, de relaciones concretas. Mi conciencia es también relacional y dependiendo de cómo  me relacione con ella así serán mis relaciones con el mundo. Si le pongo atención trataré de seguir sus consejos, sin no, no escucharé a nadie más.  Esperaré que otro me diga qué hacer y justificaré mis errores en los consejos de los demás. Antes que buscar a quién me diga qué hacer, debo escucharme a mí mismo sobre cómo estoy y qué es lo que más me conviene. 

Esa voz quiere que la escuches. Yo trataré de oír mejor esa voz.

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2 respuestas a Esa voz que resuena en mi interior

  1. NesAnd dijo:

    A propósito de esa voz que resuena en mi interior…

    Para nosotros los franciscanos, esa voz se da en nuestro interior, pero también se da a través de la vivencia de la obediencia, obediencia que es guiada por el Espíritu Santo y a la cual nos abandonamos, confiando que se manifiesta a través de nuestros hermanos, no solo formadores o directores espirituales, es esa voz sincera, amiga y a veces dolorosa que siempre está allí, está allí tan latente como aquella que nace de la mente-corazón. Algo así creo que lo entendió Francisco y Clara, incluso Antonio quien no quiso enseñar la Teología sin antes ser aprobado por Francisco.

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    • raulitom1 dijo:

      Creo que nada está más allá de nuestra conciencia, nada que venga de afuera. El detalle estará en qué tipo de conciencia tenemos, el cómo la educamos y cómo trabajamos con ella. Si dejamos de obedecer a nuestra conciencia por “obedecer”, no sé cuanto bien o cuanto mal esté haciendo, a menos que el mayor bien sea actuar contra tu propia conciencia, sacrificando tu libertad, tu voluntad, tu inteligencia y todo lo demás por un abandono en las manos de otro. Antes de aniquilar tu conciencia debes saber qué tipo de conciencia tienes. Además, el texto no está hablando de “obediencia” o “desobediencia”, lo que trata es de descubrir que cada cual es acompañado por si mismo, es decir por su propia conciencia. Si no te parece que eso sea verdad, estás en tu derecho, pero alegar que hay que obedecer como Antonio y Clara y Francisco, lo veo fuera de contexto. Las admiro, pero no es bueno compararse, menos a ese nivel. Además, estoy lejos de estar a la par de estas personas extraordinarias.
      Si tratamos de verlo más desde el ámbito filosófico que teológico te darás cuenta… que las cosas se están extrapolando.

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