La vida, el amor, uno mismo y el otro.

Estamos en el mundo, de eso no tenemos duda. Vivimos y los problemas de cada día son la muestra feaciente de que no hay mentira al decir: Estoy vivo. Pero a veces esta vida no es del todo lo que debería ser. Ni siquiera llegamos a tener idea de lo que es la verdadera vida. Vivimos “a como nos toca”, vivimos cosas que no queremos, que no buscamos y que no entendemos. Eso hace que la vida misma pierda su plenitud y el bienestar que quiesiéramos. En otras palabras, vivimos inauténticamente. Como que nuestra vida no está en nuestras manos, sino en manos del asar, la casualidad, del “destino”… Pero quien quiere una vida así. Surge la pregunta necesaria: ¿qué sentido tiene entoces vivir? Nos preguntamos por el sentido de la vida, porque consideramos necesario tener un punto de llegada, y esto a su vez requiere un punto de partida. ¿Qué es lo que hace que la vida valga la pena? ¿Qué es lo que hace que la vida tenga sentido, y no sea una carga, un peso con el cual tenemos que cargar? ¿Qué es lo que hace que la vida sea vida y no muerte en vida?…

Este sentido radica, desde lo que logro ver, en el Amor. El amor es lo que da sentido a la vida. Pero surge otra pregunta intrínseca a esta afirmación: ¿qué amor?, porque en la actualidad se habla de muchos amores.  Pero el amor que da sentido a la vida ha de ser el verdadero amor. Es el amor que va más allá de la belleza, del deseo,  de la pasión y del placer. Amor que está por encima de los sentimientos sentimentalistas o románticos. Amor que supera obstáculos, vence limitaciones, va más allá de las fronteras y de las formas. Amor que nos hace cada día más libres y más humanos.  Sólo el amor que nos hace libres es el verdadero amor.

El amor pasa necesariamente por el amor al otro y el amor a uno mismo. Quien ama es porque se ama a sí mismo. Damos lo que tenemos, damos lo que somos. Si hay amor en nuestra vida damos amor. Si damos odio y rencor eso es lo que tenemos. La vida en el amor es la vida plena. Si el amor, cualquiera que sea, no nos plenifica, quién sabe si es amor. Aquí es importente analizar ¿cómo es nuestro amor? ¿cómo amamos, cómo nos dejamos amar? ¿qué buscamos en el “amor”? ¿qué buscamos en el otro?

La importancia de amarse a uno mismo es fundamental, pues en definitiva el reconocimiento del propio valor dará la medida del amor a los demás. Reconocerse a sí mismo es importante, valorarse con todo lo que se es. Nuestra condición humana nos pide un mínimo de respeto y valor por lo que somos. No solo eso, es importente reconocer que si bien nuestras relaciones  con lo otros pueden afectar este sentimiento del propio valor, no estamos determinados en nuestra esencia, por los logros o fracazos en las mismas. Claro está que buenas relaciones son siempre deseables.

El “otro” es importante, pero si no me reconozco a mí mismo como importante y valioso, entonces no lograré reconocer al otro ni valorarlo tal cual es. Por tanto, estar en el mundo y vivir plenamente se traduce en Amar, libre y responsablemente.  Libres, porque no estamos condicionados ni nuestras relaciones han de ser en el sentido de “dependencia”, porque si así fuera, nadie amaría de verdad, en el sentido de amar libre, sino se quedaría en un  amar condicionado. Responsablemente porque la libertad no es posibilidad de hacer sólo  lo que queremos, sino hacer lo que debemos y podemos hacer.

Amamos, no porque lo necesitemos, sino porque queremos hacerlo. Dicho de otro modo: sólo quien vive plenamente ama, y ama porque vive plenamente, es decir, el amor no es un complemento que se busca, como quien busca la “media naranja”. El amor es de personas completas que buscan la complementariedad, no el completarse, como si les faltara algo, como si necesitaran algo que está fuera de ellas.

Amamos porque somos libres. No se puede obligar a amar, ni amamos por obligación. Amamos porque decidimos amar, porque amar me hace bien y hace bien a los demás.  Es una decisión que va más allá de mí mismo, me trasciente y me lleva hacia lo puramente otro.

A mi parecer, hay detalles que nos dirán que nuestro amor es verdadero:

Por ejemplo, podemos decir:  te amo, no porque te necesite, sino porque te quiero. Te amo, no porque no pueda vivir sin tí, sino porque quiero compartir mi vida contigo. Te amo, no porque eres la “única”, sino porque entre todas te elegí a ti. Te amo, no porque me complementes, sino porque juntos formamos una nueva unidad. Te amo, no porque seas perfecta para mí, sino porque te quiero así, con todo lo que eres, con tus cualidades y defectos, y sobre todo porque también me amas… y decir muchas cosas más. Pero lo importante es que amo porque me amo.

Sea cual sea el tipo de amor al que estamos llamados a realizar, veremos que el verdadero amor es siempre gratuito y abnegado, pero el verdadero, el que se da consciente, libre y responsablemente. Ningún amor nos manda a sufrir por sufrir, eso no es amor, sino locura. Ni siquiera el amor a Dios, que quiere que tengamos vida, y vida en abundancia.   Con esto, no quiero decir que amar sea fácil y no tenga algo de dificultoso.  Amar siempre implicará retos, no castigos.

Para terminar, pensemos en aquella frase de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras, pues nada malo puede salir del amor” (si es verdadero amor).

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