¿Penitencia para qué?

Estamos en un tiempo en que se nos invita a hacer penitencia, pero estamos en un mundo en que esta palabra adquiere sinnúmero de significaciones que vale la pena analizar.

El origen de la palabra en latín es Paenitencia y ésta del  griego Metanoia (μετανοῖεν, metanoien:  para cambiar una mente). También usamos como sinónimo Conversión, que es “volverse hacia”. Es prácticamente una actitud o virtud que nos prepara para la recta conducción del espíritu. También usamos Reconciliación, actualmente más que penitencia para referirnos al sacramento.

Personalmente siento la palabra “Penitencia” viene con una fuerte carga de negativismo, ¿será porque estoy inmerso en la época pos-moderna, o porque no me gustan mucho las imposiciones desde fuera? Por esto, en momentos manifiesto una especie de rechazo a significados con cierto grado de autoritarismo o impositivos.

Pero meditando respecto al tema de “Tener que hacer penitencia o no”  vienen a mi mente ciertas interrogantes que quisiera aclarar.

¿Quién necesita hacer penitencia y por qué? ¿Será que Dios quiere o necesita que yo haga penitencia? ¿Puedo alcanzar el perdón de mis pecados con la penitencia, siendo que todo lo que viene de Dios es don y decimos que Él es Misericordioso? ¿Podrá mi pecado condicionar a Dios? ¿Podrán mis actos condicionar su amor o su perdón?

No creo que Dios necesite nada de mí, de lo que sí no me queda duda es que soy yo quién necesita mucho de Él. Por tanto soy yo quién debe buscar el camino más adecuado para estar con Dios. De este modo el sentido negativo de la Penitencia pasa a un segundo plano ya que lo importante es la búsqueda de la  presencia del Señor y hacer su voluntad. Ahora bien, me queda el problema de la debilidad humana. Si yo quiero seguir los caminos de Dios y hago cosas contrarias al mismo: ¿qué se puede decir? ¿qué podemos hacer? Retomando el sentido de la penitencia como actitud y virtud, podemos decir que siempre estaremos en camino. El volverse hacia Dios ha de ser un constante retorno a Dios. La tarea más grande será el cómo cuidar y mantener este vínculo con Dios, o lo que se conoce como “estar en gracia”. Siento que este es el mejor sentido de la penitencia: la reconciliación.

El volver a unir, re-conciliar, no es algo que yo hago solo y por mi propia cuenta. Dios nunca deja de ser Dios, y aunque no me necesite, sí  me ama y se interesa por mí. Tan es así que ha dispuesto los medios para que todos le busquemos, y tratemos de permanecer unidos a Él.

Ciertamente lo que hagamos no podría en lo mínimo condicionar el obrar de Dios. Nos ama tanto que no se requiere que hagamos nada para recuperar su amor, que nunca lo hemos perdido. Pero humanamente necesitamos hacer algo para sentir que esto es una relación de dos y no algo que se me da y nada más.

Volviendo a la imagen de que lo que viene de Dios es don, no puedo permanecer indiferente a lo que Él hace por mí, siempre hay algún tipo de respuesta que marcará nuestra acogida o rechazo a sus planes.  Por tanto, hacer penitencia o buscar la reconciliación con Dios, será como la manifestación externa del proceso que vivimos internamente. Externo lo que llevo dentro, mis intenciones y deseos. Si bien puedo recibir un hermoso regalo y guardarlo,  da igual no haberlo recibido si no lo abro. Del mismo modo los dones que vienen de Dios. Siempre hay que hacer algo para mostrar nuestra disposición y aceptación de sus planes.

De ahora en adelante intentaré recordar que cuando se trate de hacer algo de penitencia, lo que está de fondo es mantener el vínculo o reconciliar-me con Dios, con el prójimo y conmigo mismo. No está de más recordar el pasaje citado por Jesús: Misericordia quiero y no sacrificios. Sacrificios no, pero sí Misericordia y Amor. Y amar muchas veces será más difícil que otras cosas.

Amar lo bello, lo que me agrada, lo que quiero, lo que sueño… no es, muchas veces, amor del bueno. Estará limitado por lo empático. Pero amar la cruz, lo feo, lo desagradable, lo que detesto, lo que temo… cuando amar se vuelve penitencia… estamos a otro nivel de reflexión.

Amar implica inteligencia y voluntad, Sujeto(s) y destinatario(s), atracción o repulsión… y amar a quién nos ama es una responsabilidad, sobre todo cuando nos ama desinteresadamente. Como el amor de madre, Dios nos ama y quiere nuestro bien. Cuidar de este amor será nuestra penitencia. La penitencia será cuidar de que el amor de Dios haga su obra en mí.

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